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| "Círculo", España, 2015. Papel marmoleado. |
Gail
tiene el poder de transformar a las personas y al universo en bestias. La
conocen una sola vez y después, cuando regresa, una cosa es otra: un niño en
una niña, un anciano en un anciano siamés, una estrella en un chaleco
de rombos, una pequeña sociedad en el arenero de un parque, una taza de té en
versos barrocos, y así Ad infinitum.
Es un poder, pero Gail prefiere decir que es una forma de conmoverse por el
mundo, como caminar por las calles sin tocar la hojarasca o subir como
barahúnda una escalera y desordenar las páginas marcadas de los libros sobre la
cama. De todas las cosas, lo que más disfruta era mover las llamas del destino, que son las
historias que las personas se cuentan a sí mismas para consolar sus anhelos y
ocupar sus tardes libres.
Las
transformaciones podrían suceder infinitamente. Un león sería increpado por un
ave y, luego entonces, surgiría una tercera criatura, una Isla en el aire,
donde los hombres sin memoria mueren en sacrificio, mientras la luna desaparece
hecha mosca y la luz inquieta las ramas silvestres de los imprescindibles,
morsas de voces hipnóticas y costumbres indescriptibles para sus visitantes de
paso.
Algunas
veces, Gail farfullaba la oscilante cronología de la equivocación, conocida
también como la vacuna del tiempo. Se trataba de un viaje ucrónico hacia los
lares del Nunca antes o Nunca hubiera. Desde ese promontorio de temible vulgo,
letanías de conjuros bajaban y subían de sus garganta hacia sus ojos y con las
manos juntas, unidas al rostro de los pequeños –únicos aptos para esta
transformación-, hacía de sus pasados futuros en cambio. Correcciones de punto
y coma se continuaban para la reescritura de sus vidas nunca antes jamás
vividas pero que si hubiera, luego entonces...
Gail
calculaba sus transformaciones por año y mes. Sólo una vez, por una emergencia
de sentido común, amplió su lista por un día más cuando los habitantes de una
esquizofrénica comunidad se envenenaron del mismo esponjoso absurdo. Los
pulgares, la sangre y la orina se les escarchaba en segundos, hasta volverse en
horribles témpanos a punto de turrón. En fin que Gail, experta en la teoría del
perdón universal, juzgó necesaria su intervención majestuosa. Elevando los
microbios del suelo, uniendo el cielo y la vergüenza de sus visitantes, les
otorgaba a todos la verdadera forma de sus cuerpos: uno a uno fueron cayendo a
la tierra en aspecto de insecto amarillo con pelo en sus patas. La monstruosa
metamorfosis horrorizó a los artistas artificiales, feministas de catálogo,
anarquistas pretenciosos e indignados sin dignidad. Todos ellos que formaban
una línea de espera para su inversión. Algunos, los más vanidosos y arrogantes,
abandonaron su turno, sin saber que el efecto de la transformación los
alcanzaría tarde o temprano, junto con el remordimiento y la verdad sobre sí
mismos.
Las
criaturas humildes eran visitantes erráticos, mientras que los envidiosos sólo
lo eran por confusión o por efecto de algún engaño. Como una vez cuando un ferrocarrilero tomó a
Gail de las manos frente a una catedral gótica para contarle el caso de la envidia
de una rata caída en desgracia. Vacía y recelosa, la rata oteaba por la vida de
aquellos que hubiera querido ser o tener, pero rastreara, sin gracia propia y
sin tener nada que dar, sólo podía roer los pedazos caídos y los restos heridos
de quienes envidiaba. Día y noche esperaba un momento de confusión en sus
víctimas y cuando las veía trastabillar, tropezar frente a uno de sus múltiples
rostros hipócritas, clavaba sus dientes en la yugular, para dejar sus
cicatrices. Luego, vigilante y ambiciosa, esperaba que su víctima, contaminada
por el veneno de sus mentiras, muriera a su lado.
Esta
triste historia conmovió a Gail. Entonces quiso un día atraparla con un tarro
de cocina pero la rata, resentida y desconfiada –creyendo que todos en el mundo
eran como ella- trató de escapar lanzando sus garras. Pobre ingrata, sentenció
Gail, ahora serás un hongo de pantano, inofensivo y despreciable.
No
se sabe cuál ha sido la última transformación que Gail ha hecho del universo, animal
o persona. Quienes la han visto recientemente cuentan que convirtió un volcán
en erupción en un murciélago de fuego, otros prefieren la clásica historia del
río convertido en los ojos de una bellísima alpaca de pelo suave o la esférica
sombra de un árbol vuelto en la piel de Mefisto. Lo cierto es que donde Gail
pasa la vida cambia y sólo puede ser dos cosas: bestias o muerte. Cualquiera que
sea su destino -porque la transformación siempre es preferible- todo forma
parte de su hermoso bestiario.
