lunes, 22 de junio de 2015

Una y otra vez renacidos

Foto. España, 2015


 El primer vuelo de Famulus no era el primero.  La primera vez que tocó las estrellas, la primera que arremetió contra las nubes violeta de la ciudad, la primera vez que abandonó el mundo bajo la búsqueda del otro lado del océano, fue la primera vez que imaginó lo que era el bramido siniestro de los vendavales en invierno o el cautivador aroma de los veranos sobre la brisa de la lluvia.

La belleza, la gran belleza que Famulus veía en su primer vuelo, que no era el primero, anestesiaba cada uno de sus pensamientos, pasados y futuros, volvía en remolinos la escarcha de todas sus horas prematuras y lo convencía, una y otra vez, de que esto no era un sueño, ni una aventura, de que este no era un paseo ni un viaje de retorno. No. Su mundo que apenas volvía, que apenas palpitaba, naciendo con escamas plateadas y plumas nuevas que crecían como una mota de polvo sobre sus viejas plumas, lo encantaba. Y si no era porque este debía ser todos sus vuelos en uno solo, nadie lo hubiera podido reconocer al separar el azul silvestre de todos sus cielos.

Famulus, escuchaba, Famulus el aprendiz, el discípulo, una vez escudero, una vez siervo, una vez esclavo, se elevaba por primera vez. Y sus alas, que no eran las suyas, pero que ahora eran más suyas que el aire en sus ojos, lo envolvían de la eléctrica armonía con la que planeaba como una flecha dirigida directa al corazón del sol, sólo para hacerlo estremecer e iniciar la historia de todos los universos, una y otra vez muertos, y una y otra vez renacidos.

sábado, 6 de junio de 2015

De mi ventana a la tuya crecen colores



"Túneles", España, 2015. Acuarela sobre papel

De mi ventana a la tuya crecen colores de ramas silvestres que se enredan y renacen como arrugas inolvidables y calladas, mil veces bellas saludan con inquietantes deseos. Nos recuerdan los jardines botánicos y las fiestas de cumpleaños, las tardes de alma bocabajo, el ruido de plomo que se extiende en relámpagos de carcajadas, fotografías azules y luces que abren nuestros ojos con fantasía. Nuestros puentes infinitos que nos atraviesan, estrellas y tiempo llevando vida a la vida, de un costado a otro, de mi sueño al tuyo.

martes, 2 de junio de 2015

El bestiario de Gail



"Círculo", España, 2015. Papel marmoleado.




Gail tiene el poder de transformar a las personas y al universo en bestias. La conocen una sola vez y después, cuando regresa, una cosa es otra: un niño en una niña, un anciano en un anciano siamés, una estrella en un chaleco de rombos, una pequeña sociedad en el arenero de un parque, una taza de té en versos barrocos, y así Ad infinitum. Es un poder, pero Gail prefiere decir que es una forma de conmoverse por el mundo, como caminar por las calles sin tocar la hojarasca o subir como barahúnda una escalera y desordenar las páginas marcadas de los libros sobre la cama. De todas las cosas, lo que más disfruta era mover las llamas del destino, que son las historias que las personas se cuentan a sí mismas para consolar sus anhelos y ocupar sus tardes libres.

Las transformaciones podrían suceder infinitamente. Un león sería increpado por un ave y, luego entonces, surgiría una tercera criatura, una Isla en el aire, donde los hombres sin memoria mueren en sacrificio, mientras la luna desaparece hecha mosca y la luz inquieta las ramas silvestres de los imprescindibles, morsas de voces hipnóticas y costumbres indescriptibles para sus visitantes de paso.

Algunas veces, Gail farfullaba la oscilante cronología de la equivocación, conocida también como la vacuna del tiempo. Se trataba de un viaje ucrónico hacia los lares del Nunca antes o Nunca hubiera. Desde ese promontorio de temible vulgo, letanías de conjuros bajaban y subían de sus garganta hacia sus ojos y con las manos juntas, unidas al rostro de los pequeños –únicos aptos para esta transformación-, hacía de sus pasados futuros en cambio. Correcciones de punto y coma se continuaban para la reescritura de sus vidas nunca antes jamás vividas pero que si hubiera, luego entonces...

Gail calculaba sus transformaciones por año y mes. Sólo una vez, por una emergencia de sentido común, amplió su lista por un día más cuando los habitantes de una esquizofrénica comunidad se envenenaron del mismo esponjoso absurdo. Los pulgares, la sangre y la orina se les escarchaba en segundos, hasta volverse en horribles témpanos a punto de turrón. En fin que Gail, experta en la teoría del perdón universal, juzgó necesaria su intervención majestuosa. Elevando los microbios del suelo, uniendo el cielo y la vergüenza de sus visitantes, les otorgaba a todos la verdadera forma de sus cuerpos: uno a uno fueron cayendo a la tierra en aspecto de insecto amarillo con pelo en sus patas. La monstruosa metamorfosis horrorizó a los artistas artificiales, feministas de catálogo, anarquistas pretenciosos e indignados sin dignidad. Todos ellos que formaban una línea de espera para su inversión. Algunos, los más vanidosos y arrogantes, abandonaron su turno, sin saber que el efecto de la transformación los alcanzaría tarde o temprano, junto con el remordimiento y la verdad sobre sí mismos.

Las criaturas humildes eran visitantes erráticos, mientras que los envidiosos sólo lo eran por confusión o por efecto de algún engaño.  Como una vez cuando un ferrocarrilero tomó a Gail de las manos frente a una catedral gótica para contarle el caso de la envidia de una rata caída en desgracia. Vacía y recelosa, la rata oteaba por la vida de aquellos que hubiera querido ser o tener, pero rastreara, sin gracia propia y sin tener nada que dar, sólo podía roer los pedazos caídos y los restos heridos de quienes envidiaba. Día y noche esperaba un momento de confusión en sus víctimas y cuando las veía trastabillar, tropezar frente a uno de sus múltiples rostros hipócritas, clavaba sus dientes en la yugular, para dejar sus cicatrices. Luego, vigilante y ambiciosa, esperaba que su víctima, contaminada por el veneno de sus mentiras, muriera a su lado.

Esta triste historia conmovió a Gail. Entonces quiso un día atraparla con un tarro de cocina pero la rata, resentida y desconfiada –creyendo que todos en el mundo eran como ella- trató de escapar lanzando sus garras. Pobre ingrata, sentenció Gail, ahora serás un hongo de pantano, inofensivo y despreciable.

No se sabe cuál ha sido la última transformación que Gail ha hecho del universo, animal o persona. Quienes la han visto recientemente cuentan que convirtió un volcán en erupción en un murciélago de fuego, otros prefieren la clásica historia del río convertido en los ojos de una bellísima alpaca de pelo suave o la esférica sombra de un árbol vuelto en la piel de Mefisto. Lo cierto es que donde Gail pasa la vida cambia y sólo puede ser dos cosas: bestias o muerte. Cualquiera que sea su destino -porque la transformación siempre es preferible- todo forma parte de su hermoso bestiario.