Llevo el mundo dentro de mí. Las montañas y las aves que me
viven siempre se estremecen. Veo bajar la bruma blanca que entibia mis
mejillas. Veo pasar el cielo raso vestido de estrellas fugaces, que inquietos
alumbran el horizonte escondido de mis edades.
Algunas sombras que me sobreviven, entretienen el silbido
siniestro de cada uno de mis nocturnos y los grillos invertidos de mi memoria.
Los pasos míos, que no son siempre míos, vuelven en espera
la tierra entre mis ríos. Me miro de frente cada día y escucho el letargo
adoquinado de cada calle poblada. Todo lo que en mí muere, dormita hoy para
despertar mañana.
Te veo gris e inquieta. La lluvia cae. Pero la lluvia que
cae en ti es tan lejana que se va volviendo silencio o bramido, el barullo trasparente
de tus voces que son ecos míos. Tepoztlan, tus mundos que me habitan. Tu universo
infinito, de galaxia flamígera que atraviesa mis ojos, toca mis manos, vuelve
espuma mis cabellos. Los pies míos que se funden y regresan insaciables aquí.
El mundo entero que se asoma de mi boca a la tuya.

