| Foto. España, 2015 |
El primer vuelo de Famulus no era el primero. La primera vez que tocó las estrellas, la
primera que arremetió contra las nubes violeta de la ciudad, la primera vez que
abandonó el mundo bajo la búsqueda del otro lado del océano, fue la primera vez
que imaginó lo que era el bramido siniestro de los vendavales en invierno o el cautivador aroma de los veranos sobre la brisa de la lluvia.
La belleza, la gran belleza que Famulus veía en su primer
vuelo, que no era el primero, anestesiaba cada uno de sus pensamientos, pasados
y futuros, volvía en remolinos la escarcha de todas sus horas prematuras y lo
convencía, una y otra vez, de que esto no era un sueño, ni una aventura, de que
este no era un paseo ni un viaje de retorno. No. Su mundo que apenas volvía,
que apenas palpitaba, naciendo con escamas plateadas y plumas nuevas que
crecían como una mota de polvo sobre sus viejas plumas, lo encantaba. Y si no
era porque este debía ser todos sus vuelos en uno solo, nadie lo hubiera podido
reconocer al separar el azul silvestre de todos sus cielos.
Famulus, escuchaba, Famulus el aprendiz, el discípulo, una
vez escudero, una vez siervo, una vez esclavo, se elevaba por primera vez. Y sus
alas, que no eran las suyas, pero que ahora eran más suyas que el aire en sus ojos,
lo envolvían de la eléctrica armonía con la que planeaba como una flecha
dirigida directa al corazón del sol, sólo para hacerlo estremecer e iniciar la
historia de todos los universos, una y otra vez muertos, y una y otra vez
renacidos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario