miércoles, 27 de mayo de 2015

Una pequeña sociedad





"La ciudad de los colores inquietos", España, 2015. Acrílico sobre tela.


(2005)



La casualidad misma podría optar por la otra ruta, donde en silencio cavan, aún dispuestas a mirar atrás, las cuatro verdades sin memoria.
El lugar, muy excepcional: un triunfal Paulac de estrechas dimensiones, diseñado en la costa vecina del ordinario continente. Abajo, sujeto a una sonrisa de cartón, el letrero anuncia la bienvenida de cualquier viajero, pasajero o vago de nombre reconocido que porte la valija y el pasaporte del errante.  Mirando al frente, con un gesto lascivo de sin igual amabilidadobligada, el portero inclina ligeramente su cuerpo y con su brazo de tamo, orienta el camino al interior del recinto:

Buenos días, mucho gusto, wie geht’s?

Siguiendo la secuencia de eventos, le toca la labor, de presunta casualidad, al despavorido instructor que guía al invitado por los laberínticos corredores de la sociedad supuesta, dispuesta al margen de una parapetada Ciudadela, nombre: No sabemos; Dirección: desconocida. Los intrusos (invitados), conscientes del poco frecuente sitio de paso, sonríen satisfechos, ondeando pañuelos en sus dedos convexos y sus orejas, distantemente farfullando una sincera admiración de neófitos.
Suenan las campanitas. Un grupo de tres amaestrados zorros giran en círculo y brincan por los aires demostrando sus nunca imaginables agilidades acrobáticas. Los extranjeros aplauden. Como siempre, los turistas admiran las extravagancias que están incapacitados a comprender, porque el origen hace al entendimiento y éste ciego indicio de verdad no distingue entre el fraude y los folklorismos.
      Pasen, pasen, pasen a ocupar sus lugares. El hemiciclo está dispuesto a ofrecerles las bebidas, el humor de Chejov y la viga corriente por la que los invitados pasan hasta sus butacas victorianas. Unos saludan a otros, resulta ser que los conocidos frecuentan el mismo circo y nunca se habían dado cuenta, así como nunca se habían asomado a este refugio ataurique, administrado por la rudeza del existencialismo urbano.
        Las orillas grises se difuminan sin medida. Un pequeño niño aparece tocando el atabal, hundiendo sus manitas sobre el instrumento de su abuelo parece no estar seguro de lo que trata esta historia, puede que no la haya escuchado nunca y desconoce, por completo (lo juro), la razón por la cual ha aparecido en escena. Todo está muy bien dispuesto a la función, las noches de epifanía no asemejan estas lustrosas tonalidades de calidad, y aunque esto no debiera preocuparle, tímidamente huye a esconderse detrás de una cortina, misma de la que pende un hilo, del hilo cuelga una mota gris o verde y de la mota unos blancos dedos de payaso que se extienden, los payasos no son divertidos. El divertido payaso sujeta al niño de los hombros (según lo indicado en los ensayos) y lo dirige al centro de la tarima. El pequeño parece quejarse y resistirse inútilmente girando el cuerpo y levitando en ocasiones, pero con un gesto rudo y una osada palmadita el payaso convence al joven músico a rendirse, tal como se rinden los que saben que la misma victoria es una dolorosa derrota de la cual no podrían escapar.
Abandonado frente a la multitud, luciendo la pálida imagen de su padre, el atabal aúlla la sutil nota a margaritas, mientras que el músico, hecho de roca y fruta seca, apenas musita la cancioncilla con la muy sutil melodía de una lullaby:

Una vez más el camino es la tramoya
de un circo imaginario, en el que yo
no soy ni el espectador,
 ni el espectáculo...
(eco y coro)

     Cualquiera podría conmoverse por la apetecible actuación de las miniaturas melodiosas de este instituto, pero siendo las verdades la ausencia de la belleza en las sociedad, o mejor dicho, las minucias a las que nadie presta mayor atención que la que se le otorga celosamente a las lucecitas, o a los ilusionistas que practican junto a los atriles olvidados, no hay quien se tome la molestia de aplaudir, ni por fingir fascinación. Cualquier arrebato de entendimiento o razón colapsa sus apacibles estancias de observadores ciegos.

No soy ni el espectador
Ni el espectáculo...
(coro y solo del atabal)
           
Mentir no es bueno pero el juego de la verdad es la única falsedad de la que podemos estar seguros. Ahora que el niño músico es la acústica de un recuerdo, los aros de fuego mimetizan las imágenes, y por si acaso no fuera eso suficiente (considerando la imprudente usanza de los turistas de preguntar lo indeseable), las respuestas se han escondido de la barahúnda y ciertamente ya no hay quien las quiera encontrar, si es que la búsqueda verdaderamente fuera cierta. Cierto y verdadero no es lo mismo. Cierto es que se levantan las cortinas, ¡que pasen los leones! Aquel que captura a las mariposas ha sido un error de cálculo, una casualidad de los husos horarios, pero para eso tenemos entrenados a los domadores. En conjunto los cinco domadores desatan sus afilados látigos, los desenrollan de sus brazos enrojecidos y los liberan como las lenguas y flagelos que hacen la historia de Laocoonte... (un minuto de silencio por sus hijos fallecidos, Lessing).
      Un raudal de aplausos, mohines, fulgurosas risas y niños de cabeza, indican que la función es un éxito. Para eso son las apuestas, animan al desanimado, reviven a los muertos y consumen al consumador, esta es una serie lógica de la cual nos sentimos orgullosos de haber contemplando al realizar el proyecto.
       Un grupo de hombre de largas barbas y flequillos azules, insiste en círculo aumentar la apuesta, ¡Black Jack, o Damas chinas!.. pero el más viejo de los seis, consciente de los desafiantes trucos del mocerío, sin poder parecerle esto una amenaza considerable, o acaso plausible de sus vanidades, frunce el ceño, monta su labio inferior sobre el finísimo superior, levanta las bermejas cejillas herencia de sus bisnietos, acumula fuerza de su sosegador ingenio y señala al techo. Los inexpertos y extrañados jóvenes, desconociendo la birlada jugarreta por la cual serán timados, voltean a ver arriba, suponiendo encontrar lo que el anciano en decadencia aparentan presumir emocionado. Pero por supuesto, no hay nada en el techo abombado de la carpa, ni las estrellas de hurón, o los destellos temibles de los dioses, es el viejo truco del engaño, la fe es una ficción y los jóvenes son los fieles creyentes. ¡BASTA!, ¡basta uno, basta dos, basta tres!, ¡Gané, gané!, ¡mozalbetes ingenuos! El hombre mayor es el vencedor y nadie puede explicarse cómo lo ha hecho, ni aún el prudente Patronio o la tía Rita del portero. 
     De pronto, “La historia es en blanco y negro…”, cuenta un cuentista a una horda retirada en un extremo, “…a orillas de un río mate y misteriosos, el conspirador planea, al borde de un puente sórdido, de una ciudad sórdida, junto a la hiedra infinita cuyas luces evocan otros poemas. El conspirador mece su cuerpo ajado. Se aproxima a la vernácula caída, abismal, fingida su patria evoca la frase misma de su entierro, dice que los mancebos eran testigos del ethos que cambia al pathos, Perícles no llora por la muerte de su hijo:
Ríe y el mundo reirá contigo,
llora y llorarás solo.

Ahora los de Pérgamo tienen un lema para el público.
-Todos tenemos la fortaleza suficiente para soportar las desventuras de los demás- exclama Rochefoucauld desde el fondo del público.
- Miremos, por ejemplo, al otro lado, entre el puente y los trapecistas- repone otro extranjero. Obedientes corderos, todos volean al unísono de la catástrofe que sucede a sus espalas:

-¡Brinca!-grita el trapecista.
-¡Brinca tú!- grita la trapecista.

Indecisos, trapecista y trapecista se balancean sin realmente hacerlo, como dos niños insatisfechos de jugar. El tiempo que pasan colgando del puente parece haberse prolongado, lamentablemente, después del fallecimiento del último de ellos. Ya son siete caídos y muertos (caídos y muertos no es lo mismo), entonces la próxima caída no parecerá tan emocionante para los espectadores, pero siendo que la fascinación de los extranjeros se revitaliza cuando los monos bailan alrededor de los suicidas, aprovechamos la ocasión “lamentable” y ya hay veinte primates de colas prensiles en torno de los últimos dos trapecistas, saltando y entonando diferentes odas. Para las próximas horas atemporales tenemos a los ratones cantores, ¡no olvide pasar a verlos!, ¡compre, compre sus boletos!, ¡experimente la última ronda de una pequeña sociedad!

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